El cuadro que este año representa el Adviento en nuestra parroquia no es otra cosa que la idea sencilla de un encuentro, de un enorme abrazo a todos los que sufren, a todos aquellos que arrastran las pocas pertenencias que aún les quedan, todo su hogar y todo su futuro, sobre unas ruedas oxidadas y penitentes. Vidas grises de hombres, mujeres y niños, de familias enteras de migrantes saltando alambradas, o en pateras rotas, o sobre timones asesinos, en una búsqueda urgente de paz, de consuelo y acogida en otras tierras distantes de las suyas y que los aleje por fin del horror de la guerra, del hambre y la pobreza.
Y al final del camino divisan las puertas del Corazón de Dios que nos espera con sus brazos abiertos. Perfectos brazos de un Padre-Madre que nunca falla, que nos entrega un Reino lleno del más hermoso color esperanza. Un Reino donde todo es posible. Justo ahí, cuando todo parece perdido, cuando ya no nos queda nada ni nadie a quien acudir y la locura y el desvarío se adueñan de nuestras vidas. Cuando en nuestras bocas sólo nos queda un humilde “¡Maranatha, Ven, Señor!” desgarrándonos el alma. Un agónico “Ven, Señor, que estoy solo y tengo miedo”. Y es justo ahí donde siempre encontraremos su respuesta, el eco de la voz Dios ocupando todas las esquinas del viento: “Venid. Venid a mí, que yo os aliviaré”
Comunidad Parroquial de San Jacinto. Triana. Adviento 2022







